Bartolomé Esteban MurilloEl Cabildo de la Santa Iglesia Catedral de Sevilla, al cumplirse el IV centenario del nacimiento del genial pintor sevillano Bartolomé Esteban Murillo († 1682), ha organizado una excelente exposición con las dieciséis pinturas conservadas de este gran maestro en la misma. Dicha muestra, titulada Murillo en la Catedral de Sevilla. La mirada de la santidad, se completa con otra obra suya, la Virgen del Rosario, procedente del Palacio Arzobispal. En efecto, Murillo, como se sabe, fue bautizado el lunes 1 de enero de 1618 en la antigua parroquial de la Magdalena. Razón por la que debió nacer a finales de diciembre del año anterior. Fue el menor de catorce hermanos. En 1645 se casó con Beatriz Cabrera y Villalobos, con quien tuvo no menos de nueve hijos. Dos de ellos siguieron la carrera eclesiástica.

Comienza su formación artística con Juan del Castillo. Amplía sus conocimientos con el estudio de los grandes maestros sevillanos de la época y con el análisis de las obras italianas y flamencas de las colecciones hispalenses. Visitó la Corte en 1658. Dentro de la pintura barroca sevillana, su nuevo estilo deja sentir la influencia de Ribera y Van Dyck. Su pincelada alcanza gran ligereza y soltura. Sus contraluces de origen veneciano y su paleta cada vez más luminosa subrayan la perspectiva aérea, la gradación del color y la precisión de las formas. Cultivó, desde el claroscuro hasta el naturalismo, el tema religioso, de género y el retrato, con colorido deslumbrante. Sus escenas, humanas y sencillas, con pormenores o pasajes secundarios tomados de la cotidianidad, se alejan de la ampulosidad de Rubens y de la teatralidad italiana.

Su buen hacer, sin los arrebatos místicos de Zurbarán y el acentuado realismo de Valdés Leal, se recrea en composiciones equilibradas, serenas y amables. Por consiguiente, el espíritu de Trento aflora en su quehacer plástico. Su narrativa, plena de ternura, sentimiento y sensibilidad, emociona al espectador. Es, sin duda, el definidor de la Inmaculada y de la maternidad de María. Por tanto, se le considera el pintor por antonomasia de la mujer sevillana y de los niños. Es, qué duda cabe, un anticipado a su época, pues su marcada tendencia hacia lo bonito y gracioso sugieren el gusto rococó.



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