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El Ángel de la Guarda

El Ángel de la GuardaBartolomé Esteban Murillo
Hacia 1665-1668
Óleo sobre lienzo. 171 x 113 cm
Sevilla. Catedral. Altar del Ángel de la Guarda

La decoración de la iglesia de los capuchinos de Sevilla fue el encargo más amplio en la trayectoria de Murillo. Realizó las pinturas del retablo mayor y los adyacentes del presbiterio, y las correspondientes a los seis retablos laterales del templo. Sobre una de las puertas del presbiterio se encontraba El Ángel de la Guarda, haciendo pendant en el lado contrario con un San Miguel Arcángel, hoy en el Kunsthistorisches Museum de Viena. El conjunto, antes de llevarse a Cádiz, fue custodiado en la Catedral en previsión de la llegada de las tropas francesas en 1810. Razón por la que, expulsado el invasor, la comunidad capuchina, en agradecimiento, regaló este lienzo al Cabildo en 1814. Cuatro años después fue colocado en un altar propio a los pies del Templo Metropolitano.

Murillo cristaliza un arquetipo acorde al fervor religioso de la época. La pintura, por su acertado dibujo y su calidad cromática, refleja la plenitud artística alcanzada por el maestro. El especial acierto interpretativo del autor justifica la celebridad de la obra, una de las más populares de su producción. La estampa, de amable y serena belleza, suscita en los creyentes un sentimiento de amparo, protección y confianza. El ángel, en actitud itinerante, conduce de la mano al niño cristiano, símbolo del alma humana, por el difícil camino de la vida. Tan hermosa y andrógina figura levanta la diestra para mostrarle la luz redentora procedente del cielo. La composición, marcada por una diagonal descendente, se equilibra al extender el ala del flanco opuesto. Al avanzar agita la áurea tunicela y el cinto burdeos, colores que son, respectivamente, destellos de la divinidad y del poder soberano. El infante, descalzo, con camisilla transparente, sigue al ángel custodio hacia la salvación eterna, pues “quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él” (Mc 10,15).


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