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La Inmaculada Concepción

La Inmaculada ConcepciónBartolomé Esteban Murillo
1667-1668
Óleo sobre tabla. 200 x 150 cm
Sevilla. Catedral. Sala Capitular

La reforma de la Sala Capitular efectuada entre 1667 y 1668 dio a tan simbólico espacio catedralicio su impronta definitiva. En ella, Murillo desempeñó un papel trascendental. La principal novedad desde el punto de vista iconográfico fue la inclusión de esta soberbia Inmaculada. Sabido es que el modelo iconográfico de la Purísima alcanzó su figuración definitiva durante el momento barroco. Fue propagado rápidamente por el arte de la Contrarreforma, siendo codificado por el pintor y tratadista Francisco Pacheco en su Arte de la Pintura (1649); y consagrado, entre otros artistas, por el propio Murillo. Los rasgos esenciales están tomados de la gran señal del Apocalipsis: “una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza” (Ap 12,1).

María, aureolada por un resplandor dorado, se erige sobre la luna apocalíptica. Al adelantar su pierna izquierda, dibuja un elegante y suave contrapposto. La Doncella, vista de frente, tiene unos doce o trece años de edad. Luce túnica blanca y manto azul. Junta sus manos en actitud oracional a la altura del pecho, cerca del corazón. Gira la cabeza hacia el otro lado, en clara responsión, y la inclina hacia abajo, donde dirige su mirada al lugar en que se reunían los canónigos sevillanos. Sus ojos misericordiosos inducen así, al Cabildo, al buen gobierno de la Iglesia. Su bello rostro deja traslucir una dulce expresión introspectiva y concentrada, rebosante de ternura y candor. La Virgen, inscrita en una admirable gloria celestial, está rodeada por una nutrida corte de querubes y ángeles niños. Tres de estos últimos portan símbolos de las letanías lauretanas que, tomados de la Sagrada Escritura, aluden a la belleza inmaculada de la Madre de Dios. Se trata de una hoja de palma, un trío de rosas y un ramo de azucenas.


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