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San Fernando

San FernandoBartolomé Esteban Murillo
Hacia 1671
Óleo sobre lienzo. 108 x 88 cm
Sevilla. Catedral. Antigua cilla o pabellón

En 1678, el racionero Bartolomé Pérez Ortiz, primo hermano de Murillo, indicó en su testamento que esta obra fuera donada a la Catedral de Sevilla y colocada en su Sacristía Mayor. Sin embargo, se puso en la biblioteca catedralicia en memoria de Hernando Colón, que legó su famosa colección de libros al Cabildo hispalense. Allí permaneció hasta el último cuarto del pasado siglo. Murillo realizaría este lienzo a raíz de la canonización de san Fernando, aprobada por Clemente X el 4 de febrero de 1671. Es de imaginar que, como hombre piadoso de su tiempo, el artista debió sentir la alegría común del pueblo sevillano por la ansiada elevación oficial a los altares del monarca que restauró el cristianismo en la ciudad.

Las aportaciones de Murillo a la pintura fernandina son decisivas para entender el desarrollo de su iconografía. Ésta es, sin duda, la mejor de todas las conservadas. La imagen de san Fernando emerge del fondo neutro de tono oscuro. Se representa de algo más de medio cuerpo. Como guerrero, luce indumento militar a la moda de los Austrias del siglo XVII; y como soberano, porta encima el manto regio en forma de capa. En la diestra empuña una espada, atributo de realeza; y con su mano izquierda sostiene un orbe o globo, símbolo de poder que alude a su soberanía sobre el mundo. Completan el atuendo un medallón dorado con la Virgen de los Reyes, que le cuelga del cuello; y la corona que remata su cabeza nimbada. El Rey Santo, en actitud contemplativa, eleva su mirada hacia las alturas, manifestando su semblante una intensa y emotiva expresión. Al mirar al cielo, entra en comunicación directa con la divinidad y su rostro, de bellas facciones, es iluminado por la verdadera “luz del mundo” (Jn 8,12).


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