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Santa Justa

Santa JustaBartolomé Esteban Murillo
1667-1668
Óleo sobre tabla. 64 cm de diámetro
Sevilla. Catedral. Sala Capitular

Las hermanas Justa y Rufina, alfareras de Híspalis, la Sevilla romana, vivían en la margen derecha del río Betis, hoy Guadalquivir. Tenían allí una humilde tienda de cacharros de cerámica. Un día paró ante ella el cortejo de una procesión de mujeres. Portaban un ídolo de la diosa Salambó, identificada con Venus cuando se le rendía culto en honor de la muerte de Adonis. Les pidieron algún donativo para dicha celebración. Sin embargo, las santas no sólo no accedieron, sino que, como era costumbre entre algunos cristianos, destrozaron el ídolo en señal de repulsa al paganismo. Fueron denunciadas ante el prefecto Diogeniano, luego encarceladas, torturadas y obligadas a seguir descalzas al mandatario por los montes de Sierra Morena. Devueltas al calabozo, Justa, extenuada, entregó su alma en la cárcel. Su cuerpo, arrojado a un pozo, fue rescatado por el arzobispo Sabino y recibió digna sepultura en el cementerio hispalense.

En el arte, estas vírgenes aparecen juntas, formando pareja. Su iconografía y sus atributos son idénticos. Visten al gusto romano. Santa Justa luce túnica verde, palia o manto burdeos y toca transparente sobre su cabeza nimbada. Con ambas manos sujeta un cacharro de alfarería que recuerda su profesión, de la que es patrona junto a su hermana. Se trata, en particular, de una alcarraza o “talla” blanca. En la diestra lleva una palma, en alusión a su victoria sobre la muerte tras su entrega martirial. La santa clava su dulce y penetrante mirada en el espectador, mostrándose como firme defensora de la fe cristiana. Murillo reproduce en ella su ideal de belleza femenina, como prueban la redondez del rostro, la tersura de la tez nacarada, los profundos ojos negros, el cabello castaño y, sobre todo, la amabilidad de su expresivo semblante.
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